como el Maldonado que es
y no es a un mismo tiempo.
Es un convencimiento que se lleva
como la fe que obligaba a santigüarse
porque un aroma de tierra mojada
aseguraba lluvia y el arroyo era bravo.
La calle Loyola guarda todavía
comentarios preocupantes y agoreros
entre sus árboles y el cielo
que nadie hace suyos.
Lo justifica la soberbia de saber
que apenas mostrará un indicio
por una alcantarilla y punto.
Yo recorrí esperanzado Villa Crespo
con los ojos abiertos al asombro.
Vestigios; eso buscaba,
cuando triste descubrí que
todo lo anhelado, lo crujiente
vivía en un libro, en una crónica.
La memoria se esconde, a veces,
en cielos inaccesibles a nuestras ansias
por haberse marchado con su dueño.
A pesar de todo, hallé una casita baja
y blanca sobre Juan B. Justo, enarbolando aún
su coraje, su patio y su temblor.

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