jueves, 21 de julio de 2011

INEVITABLE

Enero llegó como llega siempre:
fastuoso de sol y harapiento de vida.
Eterno culpable de mi angustia y mi desvelo.
¿O qué otra cosa provoca esta mortandad urbana de liviandades y domingos anémicos?
Enero, donde todo fluye hacia la nada
y la nada, como si nada, diluye las horas.
El silencio se apodera de la tarde
y la lleva de la mano hacia la noche tardía.
Brilla la luna, es cierto,
¡pero cuánto hube de sufrir para esperarla!
Me ilusiono que es Abril
con una brisa que miente y me provoca
tras la angulosa ochava  de mis cosas
que no se rinden y pelean por guardar
su  raigambre de Otoño y sus esencias.
Mi ciudad interior no tiene sol, ni tiene ocio.
Está hecha de grises, de tanto en tanto
matizados  por el verde de una hojita
mojada  por la lluvia y el rocío.
No tiene lunes de Enero, y por suerte,
no habrá reflejo aúreo que pueda encandilarla. 
Nada mueve el verano a mi asombro
pues le falta el ensueño de una puerta cerrada,
de una ventana inasible, de una caminata incierta.
Enero es previsible y no acude
cuando las cosas llaman a tomarlas.
Se conforma con mostrarnos por las tardes
qué hará el vecino de enfrente en su terraza.
Me asaltan en Enero las peores intenciones
y en Abril las esperanzas.

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