Cuando esa noche volví al departamento, el coronel ya estaba allí; había llegado más temprano que lo de costumbre y la señora estaba hecha un cascabel. Hablaba y hablaba sin parar de la justicia divina, de que todo al fin y al cabo se paga en este mundo, de no se qué cosas de la Nación , de que por fin algo se iba a terminar. Me había encargado que preparase una cena especial porque en un rato llegaría el matrimonio Iturbe Zavalía que regresaba de unas cortas vacaciones en Europa. Cerca de las ocho y media, mientras acomodaba los platos, escuché la noticia, porque todo fue silencio; un silencio interesado y perverso. Ni bien se interrumpió la cadena nacional, el coronel apagó la radio, mientras la señora y sus invitados propusieron un brindis. Dios es justo decían mientras brindaban, y yo me acordaba que esas mismas palabras se las había escuchado al padre Damián allá en mi pueblo. Me preguntaba si en ese momento, justo en ese momento, Dios no había dejado de serlo. Y sin poder evitarlo, imaginé una lágrima pesada y caliente como la mía correr por la cara de Pablo, tal vez preguntándose lo mismo.
Van a ser las once de la mañana y siento en al ambiente que la de hoy no es una mañana más, de esas que comienzo tendiendo las camas y termino inevitablemente en la cocina. Es raro que la señora ni siquiera me haya hablado del almuerzo, así que mejor me encierro en la cocina, preparo un mate y hojeo tranquila la última Radiolandia. Hoy; tiene que ser hoy, es lo único que alcancé a escucharle entre el murmullo de la pava en la hornalla y un trueno que sonó muy cerca. Pasaron apenas unos minutos y otro estruendo hizo estremecer los vidrios de la ventana, seguido de un zumbido igual al de un avión que se aleja. Y yo lo vi alejarse cuando me asomé al balcón, dejando una estela negra y pesada, sin entender qué estaba pasando. Después fue el infierno y entonces sí creí en lo que Pablo me había dicho aquella tarde. No pude evitar ni el llanto ni el miedo. Cerré el ventanal y busqué a la señora en el living. La señora reía como enloquecida y verla de ese modo me dio más temor. No tengas miedo, no queda otra cosa que matarlo, matarlo… ¿Matar a quién? Es la patria, la patria levantada… ¿o es que no entendés?
¿La patria levantada? Pensé en la casita blanca de mi pueblo, en mi padre, en mi madre, en Pablo. Al fin y al cabo, ellos eran mi patria y me la estaban matando desde el cielo; desde ese lugar en donde habitaba la eterna bondad, como decía el padre Damián. Al atardecer, la señora me pidió que le sirviera un té mientras se escuchaban todavía algunas sirenas en la calle. El coronel no hablaba y escuchaba música, como ausente. A eso de las diez, tocaron el timbre. Servile un café a Monseñor ¡rápido! Y Monseñor lloraba; se agarraba la cabeza y lloraba ¡El templo, el templo…! ¡Salvajes! ¡Impíos! Mientras preparaba el café en la soledad de la cocina, volví a mirar la hoja del almanaque que guardaba en la cartera. Y recé. Le pedí a ese Dios del padre Damián, de Catamarca y de Valentín Alsina. por la casita blanca, por Pablo y por mí.
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