lunes, 19 de diciembre de 2011

ROPAJE

No hay amor que alcance
cuando uno lleva puesto
el hastío de los días.
No es estar cansado de la vida
pero sí de atardeceres vacíos
que no prefiguran nada
ni saben de sueños que a uno
lo impulsen a desafiar lo conocido.
Vivir debe ser una constante
que trascienda la rutina y la deje
mortecina y agónica a la vera
de un camino poco transitado.
No hay nada que alcance
cuando uno lleva puesto
el hastío de los días.
¿Quién vendrá a rescatarme
de todo este maremagnum
que junta otros veranos con
algunos otros otoños?
¿Quién podrá decirme seguro
que hay que ser feliz
a cualquier costo?
Vivir debe ser una recta
que se defina como una sumatoria
de puntos que sonrían y dejen
una huella de sabores y acechanzas.
Observo y no entiendo
cómo el amor se diluye
común y ordinario entre una bruma
que se acepta sin siquiera intentar
desterrarla como a un enemigo.
Pienso y no comprendo
cómo todo se neutraliza y se aja
en luceros nacientes y soles
que imponen el ritmo y los efectos.
Por eso el hombre y nada más
que el hombre ha de ser quien
defina el límite de las horas y los tiempos
al margen del trabajo y los caminos
del sueño y del cansancio
para rescatar con ojeras incluidas
al amor que no especula
con horarios, estaciones o salarios.   

lunes, 17 de octubre de 2011

INTENTO

A ver, vamos a empezar.
A desencarnarnos, a exponernos
a decir las cosas y los sentires
que nunca nos sobran porque
nunca sobra nada de todo
lo que se ha dicho y aún más:
de lo que aún se dirá.
Vamos a decirnos, por ejemplo,
que vos y yo supimos del amor sublime
y que aún, a veces, miramos el atardecer
para ver si nos trae, al menos,
una sonrisa conocida, un susurro inextinguible.
Menuda tarea la del hombre
que debe recrear todo lo que ha sido
desde el átomo impredecible
a las palabras que guarda una almohada
vaya a saber uno dónde.
Y entonces
la mente misma del hombre,
esa que a veces nos niega los recuerdos
y los anocheceres del invierno
descubre un mundo virtual
en donde todos podemos ser
hasta lo que no somos y no ser
lo que somos realmente.
Y a través del éter, de la nada
jurar que somos normales, auténticos
que podemos alimentar una paloma
negándonos un bocado
a nosotros mismos.
Entonces yo mismo, que me creía
el hacedor de las palabras, el verbo mismo
debo repensarme y cuidarme
del desatino de un verbo, de un adjetivo.
Y vos, resguardada en tus cosas
me vas marcando el camino.
Y pierdo mis palabras, y mis versos
en esta tiranía de lo que debe ser
que yo acepto mansamente.
Pero a veces, como ahora,
me empino sobre mí mismo,
ignoro los mandatos que retornan
y me digo, y te digo: lo voy a intentar.           

LITORALEÑA

Soy una tristeza litoral
en esta descendente tarde de Mayo.
Me esfuerzo y lucho por afirmarme a la tierra, pero es inútil.
No veo más que un río caudaloso y lento y me habita una canoa, un pescador.
Esencia pura de tu tiempo
son esa tierra y ese cielo que ahora veo,
en donde pude, silencioso y profundo,
recrear anocheceres y luceros.
Soy una tristeza litoral
aturdida de sueños y palabras.
Pureza y ternura de las cosas
que hice mías como una lluvia deseada.
Los gritos inocentes de la siesta
cercan mi corazón y lo invaden tercamente
y yo, sin atinar a defenderme,
le doy la bienvenida a tu bandera.

PAJAROS

Tal vez ese pájaro
que observo esta tarde
en desconocido regreso
no sienta tanta tristeza.
Quizás porque los árboles, para él, sean punto de apoyo, refugio obligado y no prolegómeno de angustias, de repetida noche.
Y comparo mi vuelo:
a veces tan inútil como la necesidad
de hablarle a una sombra.
Lo he visto en el Parque Lezama
y me parece que es el mismo
que alguna vez quiso alcanzarme
y yo, soberbio de todo,
ni siquiera dejé una esperanza.  
Lo he visto, dichoso,
esparcir su trino augural
invitándome a su altura
y yo, insensible a su ternura
tampoco pude alternar un verso.
Yo tengo donde regresar
y sin embargo la tristeza es sólo mía.

MADRUGADA

Siento el hastío quejumbroso
penetrando hasta el mismo territorio vasto y verde de mi corazón ese que yo creía resguardado del salitre y de los vientos.
Puedo asemejarme
sin temor a la desmesura
a una simple mesa de café
que calla y hasta acepta
el eterno retorno de un codo
que roza su mármol a la hora en que
las verdades surgen como piedras.
Es que yo también anduve
a la hora indicada y no otra
mensurando penas a destajo
observando cómo se arquea la cerviz
a medida que las nubes de los días y las horas
se prolongan como una estela
sobre la calle que se ha de andar.
Y uno sale a buscar
quién sabe qué cosas que puedan
devolverlo al mundo en un instante.
Tal vez una mujer, por fugaz que sea
su estadía y su estrategia.
O un tiempo sin tiempo en una estrella.
No se por qué, pero surge
como un destello o una irreverencia la niñez
y todo aquello que creímos inmutable.
La calle se transforma en la mirada
por la cual vemos y esa última copa
que  debería haberse evitado
nos impulsa a repetir un nombre
una frase temida que se rescata
cuando se impone una ternura visceral
y tibia  por encima de los hombros.
Y yo no se, realmente, si un hombre
no lo es más en ese instante crucial
en que debe decidir casi obligado si su vida
se alejará con la noche o deberá  mostrarse
nuevamente como si nada hubiese ocurrido
cuando un cielo transparente aparezca
de nuevo entre las cosas y un remedo.

viernes, 29 de julio de 2011

DESALMADOS

Un rancho, un chango andando,
por ahí un carro y un aire caliente
que todo lo envuelve.
Misterios que trae la siesta
y un dejo de vidala.
Amigos, siempre amigos,
la mano que se tiende y deja 
una caricia deseada para el alma.
Muy poco para los que
no saben mirar y demasiado
para estas ganas de sentirme
aún más lo que soy y puedo ser.
Pueblo adentro de sus venas
puedo encontrar razones y causas
más allá del río que veo,
de la estrella que ilumina un camino
de terrones y silencio.
Una ilusión, una esperanza,
quizás una danza estelar y firme
que se baila sin resguardo.
Cuestiones milenarias bajo el sol
que reverberan y obligan.
Manos que amasan pan,
mañanas desafiando al tiempo
y una guitarra dispuesta
a recrearlo todo.
Apenas comentarios
para los que no saben mirar
y saciedad de amor para este modo
de andar buscándolo.
Noche adentro de sus penas
puedo darme el gusto
de ser, al menos un instante,
yo también uno más.
Un hachero, un pastor, un cantor,
un coplero, un vidalero, un maestro,
un peón, una historia, un grito.
Que el Dulce refleje mi cara
y me diga que logré ser todo eso.
Nada más triste que dejar de lado
el alma en la propia tierra de uno.
Por eso, si vas a mirar nada más
que con los ojos, no vayas
a Santiago del Estero.

jueves, 21 de julio de 2011

INEVITABLE

Enero llegó como llega siempre:
fastuoso de sol y harapiento de vida.
Eterno culpable de mi angustia y mi desvelo.
¿O qué otra cosa provoca esta mortandad urbana de liviandades y domingos anémicos?
Enero, donde todo fluye hacia la nada
y la nada, como si nada, diluye las horas.
El silencio se apodera de la tarde
y la lleva de la mano hacia la noche tardía.
Brilla la luna, es cierto,
¡pero cuánto hube de sufrir para esperarla!
Me ilusiono que es Abril
con una brisa que miente y me provoca
tras la angulosa ochava  de mis cosas
que no se rinden y pelean por guardar
su  raigambre de Otoño y sus esencias.
Mi ciudad interior no tiene sol, ni tiene ocio.
Está hecha de grises, de tanto en tanto
matizados  por el verde de una hojita
mojada  por la lluvia y el rocío.
No tiene lunes de Enero, y por suerte,
no habrá reflejo aúreo que pueda encandilarla. 
Nada mueve el verano a mi asombro
pues le falta el ensueño de una puerta cerrada,
de una ventana inasible, de una caminata incierta.
Enero es previsible y no acude
cuando las cosas llaman a tomarlas.
Se conforma con mostrarnos por las tardes
qué hará el vecino de enfrente en su terraza.
Me asaltan en Enero las peores intenciones
y en Abril las esperanzas.

DE MI PARTE

Como la lluvia de una tarde
y nada más que eso.
Así defino a mis palabras
entre la distancia y una espera
que me agita y me convence.
No se por qué
pero me sigue cruzando el cielo
una sensación bienhechora.
Tal vez yo sea el creador
como siempre, de cosas
que nunca sucedan y sin embargo
me piden que las dote de verdades.
Tus ojos, por ejemplo,
que para mí no han dejado de mirarme.
Tu tiempo, también, que hoy parece
destinado a mis preguntas.
Tu piel, que además, encierra
y distribuye madrugadas que se abren
como un pétalo purpúreo.
No se por qué
pero me sigue dando vueltas
la idea de un remanso movedizo.
Quizás me crea importante
o no sea más que una fantasía
que yo mismo alimento
para verme crecer de nuevo
entre tus cosas.
Sea lo que fuere
callado y de pie sostengo aún
la maravillosa idea de tenerte.
De anudar un viento pasajero
con un pájaro que escucha el silencio.
Mas detrás de mis cuestiones
está el mundo que te ciñe,
te apasiona y hasta te empina
en su lógica y normal desaprensión.
Curioso es que no tenga
ninguna impronta de adiós
cuando hablo de sentires
que te encuentran en el punto
cardinal de mis deseos.
Esto de armarte y desarmarte a poemas
no es más que un intento, un empeño
que aún defiendo y exhibo como puedo
y me remite a una causa inconclusa.
Y así, entre las tardes y mis ganas
me guardo tu mirada y tu respuesta
porque quiero creer que todavía
existe un día, una noche, un momento,
que incendie de verdades nuestras vidas.

ÁNIMO

Mi alma es un parque solo
cuando el crepúsculo avanza
ahogando al tenue sol.
No grita exigiendo su regreso
ni tampoco se alegra con la noche.
Apenas transita y calla.
Vive un presente apurado
de recuerdos y espesuras.
Escala un tiempo angular, tibio,
en donde refugiar su encono.
Y dibujar un rostro, un encuentro,
se le ha hecho hábito.

Yo le digo que viva.
Que la luna aún le pertenece
y que no hay más sueños
que los suyos.
Sin embargo se estremece
de sombras y avenidas  
sin decir siquiera una palabra
y no deja más rastro que un olvido.

Ya sé, alma,
que las esquinas pasaron
y las luces son luciérnagas
y el invierno (¡ese amado invierno!)
una estación truculenta
y mi voz el eco de un zumbido.

También sé
que mi barrio soy yo y allí se agota.
Que una pena cabe en un acorde
en plena madrugada de domingo.
Y  que el tango (¡ese punzante tango!)
dejó nuestra vereda y cruzó la calle
para medir mejor su golpe.

¡Vamos alma!, le digo
vestite de esperanza y salgamos esta noche
que si vos podés, yo puedo.
Y le invito una ginebra sin decir más nada
en la mesa más gastada de un café de Boedo.

"PACHULO" Y LAS HERMANITAS DEL NORTE




“Pachulo” seguramente se  había imaginado cosas en su vida. Cosas que, como a todos, se nos tornan en sueños permanentes o en realidades palpables, según vengan barajadas las cartas que luego el Gran Destinador reparte con la ventaja de saber cómo termina el juego.
“Pachulo” se fue de Boedo hace rato, como se fueron hacia otros confines -terrenales algunos, celestiales los otros- Hugo, “Pichín”, “Cota”, “Churrasco”, “Macarrone”,  Miguel Angel, Zabaleta, Carmelo, el “Sapo”, “Frondizi” y alguno más que no recuerdo; la mayoría integrantes de la misma barra del Café “El Deporte”, de San Juan entre Maza y Boedo.
Tal vez para no perder la esencia de una rivalidad permanente, aún viven en el barrio el negrito Centurión -hincha rabioso de Huracán- y “Chiquito” -fanático de San Lorenzo- y está bien que así sea porque de ese modo y antitéticamente, el espacio encuentra su síntesis inmortal.
El camión recolector de residuos con “Pachulo” al volante, como todas las noches, cumplía su itinerario asignado al barrio de Palermo. Ese barrio de identidad única, como cualquiera de Buenos Aires. Y me reafirmo en el concepto de unicidad en tanto  motivaciones hartamente detestables hoy pretenden parcelarlo en abstracciones tales como “Hollywood”, “Soho”o “Queen”. ¿No hubiera sido más coherente hablar de “Palermo Borges” o de “Palermo Carriego”? ¿Sabrán los copistas sin pasado en qué manzana se fundó míticamente Buenos Aires, o en qué calle del barrio aún se conserva la casa en donde Carriego escribiera a la simpleza del arrabal? Porque Palermo era eso, el arrabal, y basta con recorrer la calle Atacalco, pegadita a las vías del San Martín para darse cuenta que el alma del barrio sigue allí, riéndose del marketing inmobiliario con la misma sonrisa socarrona del vecino que, después de habitar durante años en ese espacio ciudadano, se enteró de la noche a la mañana que ya no vivía más en Palermo a secas, sino que ahora lo hacía en Palermo “Hollywood”.
Entre  las manzanas asignadas por la empresa recolectora al camión de “Pachulo”,  se encontraba  la zona de los restaurantes de moda. Esa noche, como solía hacerlo, saludó al dueño desde el camión con su tradicional “¡Qué hacé Tortita!”, sin importarle que el tipo nunca le contestara. “Pachulo” se reía, esperaba que los muchachos cargaran las bolsas en la compactadora  y seguía su ruta.
Sin embargo, esa jornada no fue igual a las demás. Bajó del vehículo, entró en el restaurante erguido y despacioso como Pedro Dellacha -su ídolo de siempre- saliendo a jugar el segundo tiempo pensando en cómo parar a Labruna  y encaró al dueño: “Tío, ¿puedo pasar al baño?”.  El tipo le dijo que sí y encaró para el fondo ante la mirada de algunos comensales que seguramente  no leyeron a Jauretche.
Retomando su camino al camión, se dio cuenta que esa noche el restaurante mostraba algo distinto: la inquietud de la gente, el movimiento en la vereda, la mayor presencia policial en el lugar y la vista fija del dueño en una sola mesa despertaron su curiosidad.
-¿Pasa algo, Tortita, que hay tanto movimiento esta noche?
-Sí, le espetó el dueño sin mirarlo y dirigiendo su vista a una mesa de la vereda.
-En  esa mesa están comiendo las hijas de Bush.
-¿De quién?, dijo “Pachulo”.
-De Bush, el Presidente de los Estados Unidos.
-¡Te vas p’arriba, Tortita! ¡Uy Dió qué grande!
El dueño dio por terminada la conversación, continuando con la tarea de complacer a los comensales de tan distinguida mesa, pero “Pachulo” no. De la calle se escuchaba la voz de los muchachos que ya habían recogido las bolsas de residuos: “¡Dale Tito, que nos vamossss!”; porque a “Pachulo” únicamente la gente grande de Boedo lo llamaba “Tito” y él seguramente se presentaba así, ocultando el sobrenombre que su barra le habían puesto y que sus compañeros de trabajo no conocían.
-¿Y te van a garpar en verdes? arremetió de nuevo “Pachulo”.
-No sé, viejo. Dejame laburar que esto hoy es un quilombo.
-Tá bien, Tortita, pero decime ¿por qué no me las presentás?
-Vos estás loco. ¿Viste la custodia que trajeron? No dejan acercar a nadie a la mesa.
-Pero yo soy de Racing, como Gardel. ¡No me digás que estas minas no conocen a Gardel!
-¿¡Qué tiene que ver que vos seas de Racing y que Gardel también haya sido de Racing!?
-No..., yo decía nomás. Buenos Aires, Gardel, la Academia, Boedo... ¡Ahí está! ¡Boedo!
-¿Boedo? ¿Qué carajo tiene que ver Boedo en  todo esto? ¡Andáte y dejáme laburar!
“¡Dale, Tito, daaalee que no llegamos!” volvían a insistir los muchachos del camión. Y “Pachulo” nada. Permanecía acodado al lado de la caja tratando de convencer al dueño del restaurante para que le presentara a las hermanas Bush, persuadido de que él y Buenos Aires eran una misma cosa digna de conocerse desde sus mismas entrañas. Y para “Pachulo”, como para todos aquéllos que somos de Boedo, las entrañas de Buenos Aires no se pueden encontrar en otro lado que no sea el barrio propiamente dicho.
-¡“El Deporte” de San Juan entre Boedo y Maza! ¡No pueden irse sin conocer el café; sin morfarse una de muzzarella en “El Sol di Nápoli”; sin escuchar a Carmelo contar que a las mujeres rusas no les podés ver ni un talón por las pilchas que usan; sin conocer la verdulería de mi viejo; sin  comer un asado en la carpintería de Nicola! ¡Mirá que en el barrio no son todos como yo! ¡No! ¡Hay gente que estudió!..  Ahí lo tenés a “Pichín”, que estudió Archiferato, como le dijo a unas minas que conocieron con el Hugo en el Uruguay. ¡Las minas iban a la Facultá y no era cuestión de pasar por brutos!..
A esta altura de las cosas, podría decirse que “Pachulo” hablaba solo. El dueño del restaurante facturaba y no perdía ni un instante de vista a la famosa mesa.  
-Y decime, Tortita, ¿cómo se llaman estas minas?
-Aquélla de rojo Bárbara y ésta Jenna, le contestó el dueño a un paso del mal humor, señalando con un dedo a la distancia a cada una de ellas para identificarlas.
-¿Qué? ¿Una de las dos está “llena”? ¡Uy cuando se entere el viejo!!, dijo “Pachulo”. Con razón se rajaron para acá, agregó. ¿Y no habrá sido uno de los negros que las acompañan? Porque seguro que no las deben largar ni para apoliyar. Si fue así está bien, merecido lo tenían en venganza por todo lo que le hicieron a los negros esos del Club del Clan, que andaban tapados con sábanas blancas y capuchas. ¿Te acordás, Tortita? El dueño no dijo nada y su cara no podía disimular el esgunfie que tenía.
Había pasado más de media hora y los muchachos del camión decidieron entrar al restaurante para ver si podían hacer entrar en razones a “Pachulo” y seguir con la recorrida de rutina, temerosos de perder el trabajo.
-¡Otra vez Moyano haciendo quilombo con los camioneros!, se despachó un tipo que compartía con otros tres la mesa más cercana a la barra. ¿Y ahora qué quieren?
-“Tito”, ¿tenés  para mucho, hermano? lo encaró el Petiso Miranda.
-Ya nos vamos, trastorno, ya nos vamos, contestó “Pachulo”.
-Por favor, ¡llévenselo! agregó el dueño del boliche.
No tuvo más remedio que saludar y enfilar para la puerta. Esta vez no fue Dellacha que salía a jugar el segundo tiempo. Era Dellacha expulsado por no haber podido parar a Labruna y haberle dado unas cuantas murras de más al entrar al área. Así salió “Pachulo” del local, casi sin tiempo de mirar por última vez a la mesa en donde estaban cenando las hermanas Bush.
Retomaron el itinerario prefijado para la recolección y llegaron una hora y media más tarde que  de costumbre al galpón de la empresa. Los esperaba el encargado de turno con cara de pocos amigos, quien les habló del reglamento, de la falta que habían cometido y de la sanción  de la que se hacían pasibles.
“Pachulo” asumió toda la responsabilidad del caso, explicando que él quería que esas dos minas conocieran Boedo, a su gente, a la Academia, a Gardel. Que se había sentido anfitrión sin que lo llamaran. Que no tenía la culpa de que algunos vieran basura en donde no hay y otros un vergel en un basural. Lo suspendieron un mes.
Se cambió de ropa y salió a la calle, acompañado del Petiso Miranda y del Flaco Bouza, sus compañeros de trabajo.
-¿Sabés “Tito”, que sos como la Argentina? , le dijo Miranda.
-Bué, yo quería hacer quedar bien al “ispa”, pero no es pa’ tanto, che, contestó “Pachulo”.
-No, prosiguió Miranda. Sos como la Argentina porque el dueño del boliche les dio más bola a los que estaban afuera que a vos;  porque se cagó en el barrio y porque Bush padre ni siquiera necesitó venir hasta acá para dejarte sin laburo.
-¡Sabé que tenés razón, Tortita!


MORFOLOGIA

Soy como mi barrio me hizo:
bruñido de farol y desparejo de adoquín.
Y llevo siempre adonde voy
la sombra inmutable
de la esquina de Pavón y alguna tarde
que desempolvo cuando el crepúsculo
no deja lugar a ensoñaciones.
Soy como mi barrio me hizo:
habitante nocturno de un espacio cierto.
Y guardo en un cajón opaco
un boleto de tranvía que a veces
miro y miro sin terminar de convencerme
de que, al igual que otras cosas,
ya no sirva para nada.
Mi barrio me hizo así
desde el primer momento
en que pude intuir que sus calles
mostraban algo más que un paredón
o una puerta entornada.
Mi barrio me hizo así
desde que su cielo pesado
vino a cubrir el almacén quieto
y la vereda indócil a mi suela.
Por eso tengo de Oruro
el regocijo de la intimidad
que da su estrechez.
Y de Maza la infancia única
como certeza incorruptible
que se lleva hasta el final.

miércoles, 20 de julio de 2011

ELECCION

Si me das a elegir, prefiero
una tarde gris para el encuentro.
Te diría que, mejor aún,
si una lluvia mansa y tenaz
nos sorprende desde el falso límite que impone el ventanal de un bar.
Porque entonces, el cielo se oscurece
y la prisa de la gente que corre allí afuera
no tiene más horizonte
que dejar de ser rehén de las gotas.
Y yo, seguramente, en ese momento,
andaré  tal vez disimulando palabras
que ocultarán otra prisa y buscarán
otro horizonte más cercano.
Porque ¿cómo decirte?
Habrá un instante, una fracción
en que todo se detendrá
y hasta creo, uno mismo será ajeno
de uno mismo por misterios y certezas
que llegan en silencio
como una ofrenda, un rayo azul.
Habrá un universo y hasta el infinito
en cada rincón de nosotros
en ese instante que nos obligue
a acomodarnos de nuevo en la silla
con un reflejo nervioso y medido.
Y yo no tendré más remedio
que transitar el camino impredecible
para ir desde un verso a vos
que serás toda realidad, toda presencia.
Es cierto, no lo digas,
que por ese camino también se van
los sueños, las ansias, lo esperado.
Pero no hay otra posibilidad
en esta encrucijada y allí estaré.
Una sola cosa te pido:
que sean tus ojos los que digan
cómo será el momento que sigue.