“Pachulo” seguramente se había imaginado cosas en su vida. Cosas que, como a todos, se nos tornan en sueños permanentes o en realidades palpables, según vengan barajadas las cartas que luego el Gran Destinador reparte con la ventaja de saber cómo termina el juego.“Pachulo” se fue de Boedo hace rato, como se fueron hacia otros confines -terrenales algunos, celestiales los otros- Hugo, “Pichín”, “Cota”, “Churrasco”, “Macarrone”, Miguel Angel, Zabaleta, Carmelo, el “Sapo”, “Frondizi” y alguno más que no recuerdo; la mayoría integrantes de la misma barra del Café “El Deporte”, de San Juan entre Maza y Boedo. Tal vez para no perder la esencia de una rivalidad permanente, aún viven en el barrio el negrito Centurión -hincha rabioso de Huracán- y “Chiquito” -fanático de San Lorenzo- y está bien que así sea porque de ese modo y antitéticamente, el espacio encuentra su síntesis inmortal. El camión recolector de residuos con “Pachulo” al volante, como todas las noches, cumplía su itinerario asignado al barrio de Palermo. Ese barrio de identidad única, como cualquiera de Buenos Aires. Y me reafirmo en el concepto de unicidad en tanto motivaciones hartamente detestables hoy pretenden parcelarlo en abstracciones tales como “Hollywood”, “Soho”o “Queen”. ¿No hubiera sido más coherente hablar de “Palermo Borges” o de “Palermo Carriego”? ¿Sabrán los copistas sin pasado en qué manzana se fundó míticamente Buenos Aires, o en qué calle del barrio aún se conserva la casa en donde Carriego escribiera a la simpleza del arrabal? Porque Palermo era eso, el arrabal, y basta con recorrer la calle Atacalco, pegadita a las vías del San Martín para darse cuenta que el alma del barrio sigue allí, riéndose del marketing inmobiliario con la misma sonrisa socarrona del vecino que, después de habitar durante años en ese espacio ciudadano, se enteró de la noche a la mañana que ya no vivía más en Palermo a secas, sino que ahora lo hacía en Palermo “Hollywood”. Entre las manzanas asignadas por la empresa recolectora al camión de “Pachulo”, se encontraba la zona de los restaurantes de moda. Esa noche, como solía hacerlo, saludó al dueño desde el camión con su tradicional “¡Qué hacé Tortita!”, sin importarle que el tipo nunca le contestara. “Pachulo” se reía, esperaba que los muchachos cargaran las bolsas en la compactadora y seguía su ruta. Sin embargo, esa jornada no fue igual a las demás. Bajó del vehículo, entró en el restaurante erguido y despacioso como Pedro Dellacha -su ídolo de siempre- saliendo a jugar el segundo tiempo pensando en cómo parar a Labruna y encaró al dueño: “Tío, ¿puedo pasar al baño?”. El tipo le dijo que sí y encaró para el fondo ante la mirada de algunos comensales que seguramente no leyeron a Jauretche. Retomando su camino al camión, se dio cuenta que esa noche el restaurante mostraba algo distinto: la inquietud de la gente, el movimiento en la vereda, la mayor presencia policial en el lugar y la vista fija del dueño en una sola mesa despertaron su curiosidad. -¿Pasa algo, Tortita, que hay tanto movimiento esta noche? -Sí, le espetó el dueño sin mirarlo y dirigiendo su vista a una mesa de la vereda. -En esa mesa están comiendo las hijas de Bush. -¿De quién?, dijo “Pachulo”. -De Bush, el Presidente de los Estados Unidos. -¡Te vas p’arriba, Tortita! ¡Uy Dió qué grande! El dueño dio por terminada la conversación, continuando con la tarea de complacer a los comensales de tan distinguida mesa, pero “Pachulo” no. De la calle se escuchaba la voz de los muchachos que ya habían recogido las bolsas de residuos: “¡Dale Tito, que nos vamossss!”; porque a “Pachulo” únicamente la gente grande de Boedo lo llamaba “Tito” y él seguramente se presentaba así, ocultando el sobrenombre que su barra le habían puesto y que sus compañeros de trabajo no conocían. -¿Y te van a garpar en verdes? arremetió de nuevo “Pachulo”. -No sé, viejo. Dejame laburar que esto hoy es un quilombo. -Tá bien, Tortita, pero decime ¿por qué no me las presentás? -Vos estás loco. ¿Viste la custodia que trajeron? No dejan acercar a nadie a la mesa. -Pero yo soy de Racing, como Gardel. ¡No me digás que estas minas no conocen a Gardel! -¿¡Qué tiene que ver que vos seas de Racing y que Gardel también haya sido de Racing!? -No..., yo decía nomás. Buenos Aires, Gardel, la Academia, Boedo... ¡Ahí está! ¡Boedo! -¿Boedo? ¿Qué carajo tiene que ver Boedo en todo esto? ¡Andáte y dejáme laburar! “¡Dale, Tito, daaalee que no llegamos!” volvían a insistir los muchachos del camión. Y “Pachulo” nada. Permanecía acodado al lado de la caja tratando de convencer al dueño del restaurante para que le presentara a las hermanas Bush, persuadido de que él y Buenos Aires eran una misma cosa digna de conocerse desde sus mismas entrañas. Y para “Pachulo”, como para todos aquéllos que somos de Boedo, las entrañas de Buenos Aires no se pueden encontrar en otro lado que no sea el barrio propiamente dicho. -¡“El Deporte” de San Juan entre Boedo y Maza! ¡No pueden irse sin conocer el café; sin morfarse una de muzzarella en “El Sol di Nápoli”; sin escuchar a Carmelo contar que a las mujeres rusas no les podés ver ni un talón por las pilchas que usan; sin conocer la verdulería de mi viejo; sin comer un asado en la carpintería de Nicola! ¡Mirá que en el barrio no son todos como yo! ¡No! ¡Hay gente que estudió!.. Ahí lo tenés a “Pichín”, que estudió Archiferato, como le dijo a unas minas que conocieron con el Hugo en el Uruguay. ¡Las minas iban a la Facultá y no era cuestión de pasar por brutos!.. A esta altura de las cosas, podría decirse que “Pachulo” hablaba solo. El dueño del restaurante facturaba y no perdía ni un instante de vista a la famosa mesa. -Y decime, Tortita, ¿cómo se llaman estas minas? -Aquélla de rojo Bárbara y ésta Jenna, le contestó el dueño a un paso del mal humor, señalando con un dedo a la distancia a cada una de ellas para identificarlas. -¿Qué? ¿Una de las dos está “llena”? ¡Uy cuando se entere el viejo!!, dijo “Pachulo”. Con razón se rajaron para acá, agregó. ¿Y no habrá sido uno de los negros que las acompañan? Porque seguro que no las deben largar ni para apoliyar. Si fue así está bien, merecido lo tenían en venganza por todo lo que le hicieron a los negros esos del Club del Clan, que andaban tapados con sábanas blancas y capuchas. ¿Te acordás, Tortita? El dueño no dijo nada y su cara no podía disimular el esgunfie que tenía. Había pasado más de media hora y los muchachos del camión decidieron entrar al restaurante para ver si podían hacer entrar en razones a “Pachulo” y seguir con la recorrida de rutina, temerosos de perder el trabajo. -¡Otra vez Moyano haciendo quilombo con los camioneros!, se despachó un tipo que compartía con otros tres la mesa más cercana a la barra. ¿Y ahora qué quieren? -“Tito”, ¿tenés para mucho, hermano? lo encaró el Petiso Miranda. -Ya nos vamos, trastorno, ya nos vamos, contestó “Pachulo”. -Por favor, ¡llévenselo! agregó el dueño del boliche. No tuvo más remedio que saludar y enfilar para la puerta. Esta vez no fue Dellacha que salía a jugar el segundo tiempo. Era Dellacha expulsado por no haber podido parar a Labruna y haberle dado unas cuantas murras de más al entrar al área. Así salió “Pachulo” del local, casi sin tiempo de mirar por última vez a la mesa en donde estaban cenando las hermanas Bush. Retomaron el itinerario prefijado para la recolección y llegaron una hora y media más tarde que de costumbre al galpón de la empresa. Los esperaba el encargado de turno con cara de pocos amigos, quien les habló del reglamento, de la falta que habían cometido y de la sanción de la que se hacían pasibles. “Pachulo” asumió toda la responsabilidad del caso, explicando que él quería que esas dos minas conocieran Boedo, a su gente, a la Academia, a Gardel. Que se había sentido anfitrión sin que lo llamaran. Que no tenía la culpa de que algunos vieran basura en donde no hay y otros un vergel en un basural. Lo suspendieron un mes. Se cambió de ropa y salió a la calle, acompañado del Petiso Miranda y del Flaco Bouza, sus compañeros de trabajo. -¿Sabés “Tito”, que sos como la Argentina? , le dijo Miranda. -Bué, yo quería hacer quedar bien al “ispa”, pero no es pa’ tanto, che, contestó “Pachulo”. -No, prosiguió Miranda. Sos como la Argentina porque el dueño del boliche les dio más bola a los que estaban afuera que a vos; porque se cagó en el barrio y porque Bush padre ni siquiera necesitó venir hasta acá para dejarte sin laburo. -¡Sabé que tenés razón, Tortita!
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