miércoles, 18 de enero de 2012

LUCEROS Y ASTROS



Luceros y astros me sobran
y soles y lunas y atardeceres.
No es soberbia. Es apenas
destacar nostalgias y ansias
que no deseo verlas convertidas
en el polvo de un camino muerto.
Luceros y astros me dicen
que puedo romper en una noche
o en cien o en miles
la constancia de un olvido
a fuerza de versos invencibles.
Tu miedo de leerlos me lo confirma.
Tampoco es soberbia. Es una convicción
que me llega de antiguos días
de niebla y trenes cuando la tarde
definía al invierno como una cuestión
a resolverse en estrofas y un ventanal
inventaba un sol como una gema.
Días de niebla y trenes
que todavía juegan, silenciosos,
en una esquina que vimos
con ojos despreocupados y que hoy
trato y me empeño en saber quién la tiene.
Quién ha guardado el misterio
de una modesta vereda suburbana
y los ensueños tristes de un crepúsculo
caminado con la mirada incipiente
y una altivez casi natural.
Luceros y astros comprenden
que a pesar de todo, puedo empinarme
y cantar. Cantar venciendo a todo:
a tu olvido con forma de playa
y a tu miedo que es puro silencio.

    

lunes, 19 de diciembre de 2011

ROPAJE

No hay amor que alcance
cuando uno lleva puesto
el hastío de los días.
No es estar cansado de la vida
pero sí de atardeceres vacíos
que no prefiguran nada
ni saben de sueños que a uno
lo impulsen a desafiar lo conocido.
Vivir debe ser una constante
que trascienda la rutina y la deje
mortecina y agónica a la vera
de un camino poco transitado.
No hay nada que alcance
cuando uno lleva puesto
el hastío de los días.
¿Quién vendrá a rescatarme
de todo este maremagnum
que junta otros veranos con
algunos otros otoños?
¿Quién podrá decirme seguro
que hay que ser feliz
a cualquier costo?
Vivir debe ser una recta
que se defina como una sumatoria
de puntos que sonrían y dejen
una huella de sabores y acechanzas.
Observo y no entiendo
cómo el amor se diluye
común y ordinario entre una bruma
que se acepta sin siquiera intentar
desterrarla como a un enemigo.
Pienso y no comprendo
cómo todo se neutraliza y se aja
en luceros nacientes y soles
que imponen el ritmo y los efectos.
Por eso el hombre y nada más
que el hombre ha de ser quien
defina el límite de las horas y los tiempos
al margen del trabajo y los caminos
del sueño y del cansancio
para rescatar con ojeras incluidas
al amor que no especula
con horarios, estaciones o salarios.   

lunes, 17 de octubre de 2011

INTENTO

A ver, vamos a empezar.
A desencarnarnos, a exponernos
a decir las cosas y los sentires
que nunca nos sobran porque
nunca sobra nada de todo
lo que se ha dicho y aún más:
de lo que aún se dirá.
Vamos a decirnos, por ejemplo,
que vos y yo supimos del amor sublime
y que aún, a veces, miramos el atardecer
para ver si nos trae, al menos,
una sonrisa conocida, un susurro inextinguible.
Menuda tarea la del hombre
que debe recrear todo lo que ha sido
desde el átomo impredecible
a las palabras que guarda una almohada
vaya a saber uno dónde.
Y entonces
la mente misma del hombre,
esa que a veces nos niega los recuerdos
y los anocheceres del invierno
descubre un mundo virtual
en donde todos podemos ser
hasta lo que no somos y no ser
lo que somos realmente.
Y a través del éter, de la nada
jurar que somos normales, auténticos
que podemos alimentar una paloma
negándonos un bocado
a nosotros mismos.
Entonces yo mismo, que me creía
el hacedor de las palabras, el verbo mismo
debo repensarme y cuidarme
del desatino de un verbo, de un adjetivo.
Y vos, resguardada en tus cosas
me vas marcando el camino.
Y pierdo mis palabras, y mis versos
en esta tiranía de lo que debe ser
que yo acepto mansamente.
Pero a veces, como ahora,
me empino sobre mí mismo,
ignoro los mandatos que retornan
y me digo, y te digo: lo voy a intentar.           

LITORALEÑA

Soy una tristeza litoral
en esta descendente tarde de Mayo.
Me esfuerzo y lucho por afirmarme a la tierra, pero es inútil.
No veo más que un río caudaloso y lento y me habita una canoa, un pescador.
Esencia pura de tu tiempo
son esa tierra y ese cielo que ahora veo,
en donde pude, silencioso y profundo,
recrear anocheceres y luceros.
Soy una tristeza litoral
aturdida de sueños y palabras.
Pureza y ternura de las cosas
que hice mías como una lluvia deseada.
Los gritos inocentes de la siesta
cercan mi corazón y lo invaden tercamente
y yo, sin atinar a defenderme,
le doy la bienvenida a tu bandera.

PAJAROS

Tal vez ese pájaro
que observo esta tarde
en desconocido regreso
no sienta tanta tristeza.
Quizás porque los árboles, para él, sean punto de apoyo, refugio obligado y no prolegómeno de angustias, de repetida noche.
Y comparo mi vuelo:
a veces tan inútil como la necesidad
de hablarle a una sombra.
Lo he visto en el Parque Lezama
y me parece que es el mismo
que alguna vez quiso alcanzarme
y yo, soberbio de todo,
ni siquiera dejé una esperanza.  
Lo he visto, dichoso,
esparcir su trino augural
invitándome a su altura
y yo, insensible a su ternura
tampoco pude alternar un verso.
Yo tengo donde regresar
y sin embargo la tristeza es sólo mía.

MADRUGADA

Siento el hastío quejumbroso
penetrando hasta el mismo territorio vasto y verde de mi corazón ese que yo creía resguardado del salitre y de los vientos.
Puedo asemejarme
sin temor a la desmesura
a una simple mesa de café
que calla y hasta acepta
el eterno retorno de un codo
que roza su mármol a la hora en que
las verdades surgen como piedras.
Es que yo también anduve
a la hora indicada y no otra
mensurando penas a destajo
observando cómo se arquea la cerviz
a medida que las nubes de los días y las horas
se prolongan como una estela
sobre la calle que se ha de andar.
Y uno sale a buscar
quién sabe qué cosas que puedan
devolverlo al mundo en un instante.
Tal vez una mujer, por fugaz que sea
su estadía y su estrategia.
O un tiempo sin tiempo en una estrella.
No se por qué, pero surge
como un destello o una irreverencia la niñez
y todo aquello que creímos inmutable.
La calle se transforma en la mirada
por la cual vemos y esa última copa
que  debería haberse evitado
nos impulsa a repetir un nombre
una frase temida que se rescata
cuando se impone una ternura visceral
y tibia  por encima de los hombros.
Y yo no se, realmente, si un hombre
no lo es más en ese instante crucial
en que debe decidir casi obligado si su vida
se alejará con la noche o deberá  mostrarse
nuevamente como si nada hubiese ocurrido
cuando un cielo transparente aparezca
de nuevo entre las cosas y un remedo.

viernes, 29 de julio de 2011

DESALMADOS

Un rancho, un chango andando,
por ahí un carro y un aire caliente
que todo lo envuelve.
Misterios que trae la siesta
y un dejo de vidala.
Amigos, siempre amigos,
la mano que se tiende y deja 
una caricia deseada para el alma.
Muy poco para los que
no saben mirar y demasiado
para estas ganas de sentirme
aún más lo que soy y puedo ser.
Pueblo adentro de sus venas
puedo encontrar razones y causas
más allá del río que veo,
de la estrella que ilumina un camino
de terrones y silencio.
Una ilusión, una esperanza,
quizás una danza estelar y firme
que se baila sin resguardo.
Cuestiones milenarias bajo el sol
que reverberan y obligan.
Manos que amasan pan,
mañanas desafiando al tiempo
y una guitarra dispuesta
a recrearlo todo.
Apenas comentarios
para los que no saben mirar
y saciedad de amor para este modo
de andar buscándolo.
Noche adentro de sus penas
puedo darme el gusto
de ser, al menos un instante,
yo también uno más.
Un hachero, un pastor, un cantor,
un coplero, un vidalero, un maestro,
un peón, una historia, un grito.
Que el Dulce refleje mi cara
y me diga que logré ser todo eso.
Nada más triste que dejar de lado
el alma en la propia tierra de uno.
Por eso, si vas a mirar nada más
que con los ojos, no vayas
a Santiago del Estero.