lunes, 17 de octubre de 2011

MADRUGADA

Siento el hastío quejumbroso
penetrando hasta el mismo territorio vasto y verde de mi corazón ese que yo creía resguardado del salitre y de los vientos.
Puedo asemejarme
sin temor a la desmesura
a una simple mesa de café
que calla y hasta acepta
el eterno retorno de un codo
que roza su mármol a la hora en que
las verdades surgen como piedras.
Es que yo también anduve
a la hora indicada y no otra
mensurando penas a destajo
observando cómo se arquea la cerviz
a medida que las nubes de los días y las horas
se prolongan como una estela
sobre la calle que se ha de andar.
Y uno sale a buscar
quién sabe qué cosas que puedan
devolverlo al mundo en un instante.
Tal vez una mujer, por fugaz que sea
su estadía y su estrategia.
O un tiempo sin tiempo en una estrella.
No se por qué, pero surge
como un destello o una irreverencia la niñez
y todo aquello que creímos inmutable.
La calle se transforma en la mirada
por la cual vemos y esa última copa
que  debería haberse evitado
nos impulsa a repetir un nombre
una frase temida que se rescata
cuando se impone una ternura visceral
y tibia  por encima de los hombros.
Y yo no se, realmente, si un hombre
no lo es más en ese instante crucial
en que debe decidir casi obligado si su vida
se alejará con la noche o deberá  mostrarse
nuevamente como si nada hubiese ocurrido
cuando un cielo transparente aparezca
de nuevo entre las cosas y un remedo.

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