lunes, 17 de octubre de 2011

INTENTO

A ver, vamos a empezar.
A desencarnarnos, a exponernos
a decir las cosas y los sentires
que nunca nos sobran porque
nunca sobra nada de todo
lo que se ha dicho y aún más:
de lo que aún se dirá.
Vamos a decirnos, por ejemplo,
que vos y yo supimos del amor sublime
y que aún, a veces, miramos el atardecer
para ver si nos trae, al menos,
una sonrisa conocida, un susurro inextinguible.
Menuda tarea la del hombre
que debe recrear todo lo que ha sido
desde el átomo impredecible
a las palabras que guarda una almohada
vaya a saber uno dónde.
Y entonces
la mente misma del hombre,
esa que a veces nos niega los recuerdos
y los anocheceres del invierno
descubre un mundo virtual
en donde todos podemos ser
hasta lo que no somos y no ser
lo que somos realmente.
Y a través del éter, de la nada
jurar que somos normales, auténticos
que podemos alimentar una paloma
negándonos un bocado
a nosotros mismos.
Entonces yo mismo, que me creía
el hacedor de las palabras, el verbo mismo
debo repensarme y cuidarme
del desatino de un verbo, de un adjetivo.
Y vos, resguardada en tus cosas
me vas marcando el camino.
Y pierdo mis palabras, y mis versos
en esta tiranía de lo que debe ser
que yo acepto mansamente.
Pero a veces, como ahora,
me empino sobre mí mismo,
ignoro los mandatos que retornan
y me digo, y te digo: lo voy a intentar.           

LITORALEÑA

Soy una tristeza litoral
en esta descendente tarde de Mayo.
Me esfuerzo y lucho por afirmarme a la tierra, pero es inútil.
No veo más que un río caudaloso y lento y me habita una canoa, un pescador.
Esencia pura de tu tiempo
son esa tierra y ese cielo que ahora veo,
en donde pude, silencioso y profundo,
recrear anocheceres y luceros.
Soy una tristeza litoral
aturdida de sueños y palabras.
Pureza y ternura de las cosas
que hice mías como una lluvia deseada.
Los gritos inocentes de la siesta
cercan mi corazón y lo invaden tercamente
y yo, sin atinar a defenderme,
le doy la bienvenida a tu bandera.

PAJAROS

Tal vez ese pájaro
que observo esta tarde
en desconocido regreso
no sienta tanta tristeza.
Quizás porque los árboles, para él, sean punto de apoyo, refugio obligado y no prolegómeno de angustias, de repetida noche.
Y comparo mi vuelo:
a veces tan inútil como la necesidad
de hablarle a una sombra.
Lo he visto en el Parque Lezama
y me parece que es el mismo
que alguna vez quiso alcanzarme
y yo, soberbio de todo,
ni siquiera dejé una esperanza.  
Lo he visto, dichoso,
esparcir su trino augural
invitándome a su altura
y yo, insensible a su ternura
tampoco pude alternar un verso.
Yo tengo donde regresar
y sin embargo la tristeza es sólo mía.

MADRUGADA

Siento el hastío quejumbroso
penetrando hasta el mismo territorio vasto y verde de mi corazón ese que yo creía resguardado del salitre y de los vientos.
Puedo asemejarme
sin temor a la desmesura
a una simple mesa de café
que calla y hasta acepta
el eterno retorno de un codo
que roza su mármol a la hora en que
las verdades surgen como piedras.
Es que yo también anduve
a la hora indicada y no otra
mensurando penas a destajo
observando cómo se arquea la cerviz
a medida que las nubes de los días y las horas
se prolongan como una estela
sobre la calle que se ha de andar.
Y uno sale a buscar
quién sabe qué cosas que puedan
devolverlo al mundo en un instante.
Tal vez una mujer, por fugaz que sea
su estadía y su estrategia.
O un tiempo sin tiempo en una estrella.
No se por qué, pero surge
como un destello o una irreverencia la niñez
y todo aquello que creímos inmutable.
La calle se transforma en la mirada
por la cual vemos y esa última copa
que  debería haberse evitado
nos impulsa a repetir un nombre
una frase temida que se rescata
cuando se impone una ternura visceral
y tibia  por encima de los hombros.
Y yo no se, realmente, si un hombre
no lo es más en ese instante crucial
en que debe decidir casi obligado si su vida
se alejará con la noche o deberá  mostrarse
nuevamente como si nada hubiese ocurrido
cuando un cielo transparente aparezca
de nuevo entre las cosas y un remedo.