A desencarnarnos, a exponernos
a decir las cosas y los sentires
que nunca nos sobran porque
nunca sobra nada de todo
lo que se ha dicho y aún más:
de lo que aún se dirá.
Vamos a decirnos, por ejemplo,
que vos y yo supimos del amor sublime
y que aún, a veces, miramos el atardecer
para ver si nos trae, al menos,
una sonrisa conocida, un susurro inextinguible.
Menuda tarea la del hombre
que debe recrear todo lo que ha sido
desde el átomo impredecible
a las palabras que guarda una almohada
vaya a saber uno dónde.
Y entonces
la mente misma del hombre,
esa que a veces nos niega los recuerdos
y los anocheceres del invierno
descubre un mundo virtual
en donde todos podemos ser
hasta lo que no somos y no ser
lo que somos realmente.
Y a través del éter, de la nada
jurar que somos normales, auténticos
que podemos alimentar una paloma
negándonos un bocado
a nosotros mismos.
Entonces yo mismo, que me creía
el hacedor de las palabras, el verbo mismo
debo repensarme y cuidarme
del desatino de un verbo, de un adjetivo.
Y vos, resguardada en tus cosas
me vas marcando el camino.
Y pierdo mis palabras, y mis versos
en esta tiranía de lo que debe ser
que yo acepto mansamente.
Pero a veces, como ahora,
me empino sobre mí mismo,
ignoro los mandatos que retornan
y me digo, y te digo: lo voy a intentar.



