cuando el crepúsculo avanza
ahogando al tenue sol.
No grita exigiendo su regreso
ni tampoco se alegra con la noche.
Apenas transita y calla.
Vive un presente apurado
de recuerdos y espesuras.
Escala un tiempo angular, tibio,
en donde refugiar su encono.
Y dibujar un rostro, un encuentro,
se le ha hecho hábito.
Yo le digo que viva.
Que la luna aún le pertenece
y que no hay más sueños
que los suyos.
Sin embargo se estremece
de sombras y avenidas
sin decir siquiera una palabra
y no deja más rastro que un olvido.
Ya sé, alma,
que las esquinas pasaron
y las luces son luciérnagas
y el invierno (¡ese amado invierno!)
una estación truculenta
y mi voz el eco de un zumbido.
También sé
que mi barrio soy yo y allí se agota.
Que una pena cabe en un acorde
en plena madrugada de domingo.
Y que el tango (¡ese punzante tango!)
dejó nuestra vereda y cruzó la calle
para medir mejor su golpe.
¡Vamos alma!, le digo
vestite de esperanza y salgamos esta noche
que si vos podés, yo puedo.
Y le invito una ginebra sin decir más nada
en la mesa más gastada de un café de Boedo.

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