Por eso no entendí su mirada cuando me reconoció en esa tarde de carnaval. Ya no eran sus ojos dos barrancas que allanan el camino como entonces, ni tampoco la nada provocada para que la ocupase con palabras, esas que nunca pude decirle. Eran dos piedras simétricas y oscuras que ni siquiera reflejaron la luz del sol vigorosa y penetrante. Apenas se detuvieron un instante -que creí la eternidad- para seguir su ronda al compás de un gato y perderse en el giro de la danza.
Los amores del campo son así. Nacen en la infancia, tal vez por saber desde siempre que el universo, allí, se compone de sueños que no tienen otro límite que la última callecita del pueblo, porque más allá está lo inasible; todo aquello que no se comprende ni se puede imaginar. Se nutren de la más pura esencia terrestre, tal vez para recordarnos de qué materia estamos hechos.
Fui yo mismo quien se hizo invitar esa tarde porque sabía que iba a estar ahí. No quise ir solo y me traje la guitarra; quería estrenar esa zamba que había compuesto. Conocía a los músicos y sabía, por ende, que no tendrían inconveniente en acompañarme.
Uno cree a veces que puede rescatar algo del pasado a partir de un insignificante reflejo de recuerdo que lo ayude a encontrar el camino perdido, a tratar de establecer nuevamente la deshilachada conjunción. La realidad me hizo descartar de entrada la complicidad de la mirada. ¿Quedaba entonces algo más?
Un amigo me vio y trató de animarme. Se arrimó a la mesa, me invitó un trago y me dijo que bailara, que no eran días los del carnaval para andar pensando demasiado. Una chinita simpática de blusa colorida que no conocía (¿quién la habrá traído hasta aquí?) pasó corriendo y desparramó harina sobre mi cabeza. También lo hizo con mi amigo y ambos rieron sin sentido.
Al ver la guitarra recostada sobre la mesa me preguntaron cuándo cantaría. Les dije que después, en un rato, dilatando el tiempo y el espacio. El primero para darme coraje y el segundo para que ella no se fuera, para que siguiera allí y así creer sentirla cerca.
Por un momento, mientras las parejas bailaban esa chacarera que nunca me gustó (vaya a saber por qué), creí percibir que todas las miradas de las restantes mesas confluían en mí, como haces de luz que concomitantemente se concentran en un solo punto. Y sentí vergüenza de mí mismo. De tantos años de andar y andar dándole vueltas al tema con los amigos en el boliche de Paz. De hartarlos con tanta confesión sin fin. Así es la cosa en los pueblos chicos: las penas y las alegrías ajenas se cuelan sin poder evitarlo, como los vientos del invierno, por entre los esquineros de cada rancho y entonces son de todos.
Salí a bailar. Ya ni me acuerdo con quién. Sentía en cada media vuelta el giro del universo todo con epicentro en ella, que bailaba apenas a dos pasos de distancia sin siquiera percibir mi presencia cercana. Por un momento, creí que una fuerza centrífuga obraba sobre las parejas, sin alcanzarnos a ella y a mí mientras poníamos en movimiento las cosas y el pasado.
Regresé a la mesa y tomé un trago. El calor, la harina sobre mi cabeza y el sudor me transformaron en mi propio hazmerreír y solté una carcajada fuerte, sonora, sabedora de que a veces no se necesita un espejo para poder contemplarse; que basta y sobra con presentirse, imaginarse.
Mi amigo pensó que su consejo había dado resultado y así me lo dijo. No le contesté y apenas esbocé un movimiento que no quería decir nada, con lo cual desistió de insistir con el tema y se fue a sentar a otra mesa. Miré mis alpargatas llenas de tierra y sentí que mis pasos se atrincheraban otra vez detrás de mis vergüenzas; detrás de esta careta blanquecina que seguramente resaltaría aún
más el color de mis labios y las cuencas de mis ojos.
más el color de mis labios y las cuencas de mis ojos.
Un aroma a albahaca recién cortada invadió el patio y una nube porfiada desafió al sol por unos minutos. Quizás fuera el presagio, el anuncio de lo que vendría de inmediato. Nunca intuí nada; recién me di cuenta cuando pasó. Cuando él, recostado sobre el nogal indiferente a todo, le acarició el cabello y ella no le apartó la mano; la tomó entre las suyas y la llevó hasta sus mejillas color crepúsculo. Sonaba en el aire una zamba que no era la mía y nunca juzgué tan inútiles mis manos y mi voz, mientras posaba mis ojos en la guitarra que sobre una mesa dormía su siesta placentera.
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