de los patios de Palermo
brota de malvones escarlata.
Me recuerdan
a mi casa vieja, de zaguán oscuro
y cielo claro en las mañanas.
Pasan nubes, a veces,
que asemejan rumores lejanos
de llanura y espejismos.
La intimidad
de los patios de Palermo
trae del Maldonado
las andanzas del viento.
Macetas gordas
juegan al ajedrez sobre
un tablero de baldosas rugosas
rojizas e imperfectas.
Impone respeto
asomarse despacioso
a sus límites
y adueñarse del silencio.
Porque los patios
son como las manos:
no pueden ocultar aquello que muestran.
Sublime su ámbito
ni un tango siquiera
puede rehacer el origen.
Deshacer al tiempo
es el objeto de los patios de Palermo
que no desaparecen
ni aún matándolos.
Algunos les dan la espalda
a las anchas avenidas.
Son los que más me gustan
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