lunes, 18 de julio de 2011

MANDATOS

Esa tarde, el espejo del vestuario no me devolvió mi verdadero rostro. Apenas una mueca de lo que esperaba ver cuando me fui a peinar, como siempre antes de entrar a la cancha; aunque aquella vez no fue por peinarme para atrás que me mojé el cabello; no; ahora estoy seguro que no. Quería con el agua apagar el incendio que me brotaba en las mejillas, en los brazos, en las piernas.
Sentía los hombros cargados de un peso insoportable, como esa tarde en que por primera vez conocí sexualmente a una mujer, de la cual ya no me acordaba ni el nombre ni el rostro ni su cuerpo. Porque entrado en la adolescencia, mi padre me había otorgado un mandato: que ninguna mujer  viniese a increparlo diciéndole que esperaba un hijo mío. Y entonces la culpa y el temor cubrieron mi existencia hasta que pude verla nuevamente y cerciorarme de que nada de eso iba a ocurrir.
Pero esa tarde, esa nunca esperada tarde, el peso agobiante que experimentaba ante el espejo estaba rodeado de pureza; de un sentimiento que creí perdido cuando firmé mi primer contrato con el club. El espejo reflejaba una incontable fila de notarios solemnes -todos con el rostro de mi padre- que levantaban en sus manos un papel, otro contrato, sin vencimiento,  suscripto con mi alma y me exigían su cumplimiento.
Pensé en llamar al médico del plantel y contarle lo que me estaba pasando, pero no me entendería. Se trataba de una cuestión que solamente yo podría resolver sin la ayuda de nadie. Me pregunté entonces cuándo había firmado ese contrato, con el alma y sin vencimiento. ¿Cuándo? ¿Cuándo? grité ante el espejo tomándome el rostro entre mis manos. Ninguno de mis compañeros entendía qué me pasaba. Don Esteban, el técnico, se me acercó y me preguntó si tenía algún problema, si estaba nervioso por jugar el clásico. Que de ser así se lo dijera. Que me dejaba en el banco de suplentes hasta que me tranquilizara, para entrar en el segundo tiempo.
Le dije que no, que estaba bien pero no me creyó. Volvió a insistir y traté de controlarme. Con una sonrisa fingida le dije que no pasaba nada. Que quería jugar el clásico, que me pusiera de titular como tenía pensado. Don Esteban no preguntó más y pegó la planilla con la formación del equipo en la puerta del vestuario sin necesidad de cambiar mi nombre.
Pedía, imploraba que el espejo me diese una respuesta. La fila de notarios ya no estaba. El espejo se adentraba en este mismo estadio veinte años atrás. Las mismas tribunas, los mismos perfumes,  el mismo sol, el mismo murmullo de la gente y yo, de la mano de mi padre, como todos los domingos, trepando la escalera de la tribuna de socios, saludando a las mismas caras que hoy vi cuando el ómnibus que nos trajo hasta aquí estacionó cerca del ingreso al vestuario visitante.
Desde la ventanilla pude ver a Marconi, al gordo Abel, a Pínola, a Rodríguez, al turco Salim, a Conrado, a Carmelo, que como toda la vida repetían el conciliábulo antes de sentarse en la platea. Me saludaron levantando sus manos y haciendo algunos gestos, mientras mi padre, en medio de todos ellos, guardaba un silencio profundo. Me metí en el vestuario con un nudo en la garganta y una quemazón en el pecho. El bolso que me colgaba del hombro derecho se iba cargando de a poco con el conocido aroma de primaveras idas.
Maldije a la vida por colocarme en esta situación y hubiese querido que fuese mentira el haber ganado el campeonato de ascenso para volver al fútbol grande. En el ascenso, cada club rival al que enfrentaba no era más que una camiseta de colores a la que había que ganarle. A veces, me sacaban de las casillas los insultos de los hinchas detrás del alambrado y contestaba con un gesto tratando de que ni el árbitro ni el juez de línea lo vieran. Una cuestión de orgullo personal sin otra connotación. Nada más.   
Esto era otra cosa, porque el profesionalismo exigía algo imposible: que yo me sintiese  un extraño en mi propia casa. Que fuese un simple observador de lugares, rostros, recodos y rincones  harto conocidos desde dentro mismo del campo de juego. Que me abstuviera de todo. Que pisotease hasta mi propia historia.
Como algo impensado, miré el escudo bordado en esa camiseta que llevaba sobre mi pecho. Hasta ese momento, nunca había reparado en eso, pero en ese instante hasta me pareció una provocación. Y no pude más que recordar mi cuarto, poblado de banderines y fotos de equipos campeones, de afiches, pintado con esos colores a los que hoy debía enfrentar. Porque mi cuarto, en la casa de mis padres, aún seguía igual a pesar de que yo viviese en ese departamento de Villa Urquiza, que pude comprar con el dinero ahorrado  después de cinco temporadas en primera.
Un timbre llamó a salir a la cancha. En la escalinata del túnel, nadie advirtió que yo no respondía a la arenga del capitán del equipo. El grito de ¡Dale, dale! ¡Vamos a ganar, eh! de mis compañeros disimuló mi silencio en la ocasión y así pisamos ese verde césped del que yo guardaba aún una mata seca, como si fuera un recuerdo de Tierra Santa.
Saludamos en la mitad de la cancha y miré el sector de la tribuna local  que siempre me tuvo como habitante. La silbatina era descomunal. Me quedaba el consuelo que mi padre, al menos mi padre, sentado en la platea, tendería un manto de piedad sobre este asunto con su silencio. Seguramente hubiese querido explicarles a todos y cada uno de los hinchas que lo mío era nada más que un capricho del destino, un avatar profesional que a cualquiera le puede pasar. Que hasta que mi equipo no ascendió yo era uno más, como ellos. Y gritaba por esos colores. Y me enfermaba si perdíamos justamente este clásico.
El primer tiempo lo jugué como suspendido en el aire. No podía dejar de mirar esas tribunas. Y me mordí los labios cuando fui a tirar ese corner en el ángulo que formaban las tribunas locales para no contestarles a esos estúpidos que me puteaban. Para decirles que yo no era más que el número que llevaba en la camiseta que ahora vestía. ¿Quién me iba a escuchar?
Durante el entretiempo, Don Esteban me apartó del grupo y me dijo que la pidiera, que me hiciera dueño del equipo, que aprovechara el vacío detrás de los mediocampistas de ellos para crear juego y que además, llegara al área. Que probara de media distancia. Le dije que sí, que trataría de hacerlo, que se quedara tranquilo.
El segundo tiempo fue chato, feo, mal jugado. A los veintidós minutos llegó el gol de ellos y fue algo raro. Yo, que siempre desde la tribuna había contribuido a miles de gritos parecidos, ahora lo vivía desde adentro con la otra camiseta. Porque para mí y para todos los que ahora gritaban, era eso: la otra camiseta. Busqué instintivamente a mi padre en la platea pero no lo pude distinguir. Seguramente andaría abrazado a Carmelo, al turco Salim, a Pínola y se me ocurrió, o sentí que en ese preciso instante, el del gol, el del grito, yo dejaba de ser su hijo para convertirme en uno más de esos a los que hay que ganarles como fuese. Sentía que mi historia personal se perdía en una historia más grande y que la rivalidad podía destruir hasta los vínculos filiales. Que los colores, esos benditos colores, pasaban a ser la causa única y última del Universo.
¡Más arriba! ¡Andá más arriba! me gritó Don Esteban parado casi sobre la línea de cal cercana al banco de suplentes. Yo asentí con la cabeza y pasé a jugar como delantero.  La primera pelota que me llegó, desde la derecha, la maté con el pecho y pateé al arco. El tiro pegó en el ángulo que forman poste y travesaño y me agarré la cabeza. ¡Dale! ¡Dale así! volvió a gritar Don Esteban golpeando las manos como en un aplauso y dándome ánimo. Y yo imaginé las caras de mi padre,  del gordo Abel,  de Marconi,  de Rodríguez, todos mirándose, suspirando y mirando el reloj, como quien deja atrás un terremoto, un mal sueño.
El juez había añadido dos minutos y los teníamos a tiro del empate. Cantelmi la robó en la mitad de la cancha y le puso un pase perfecto al ocho nuestro. Yo venía picando desde atrás. La jugada fue muy rápida y sorprendió a la defensa mal parada. El ocho desbordó por la derecha, eludió al arquero pero se abrió mucho sobre la línea del final de la cancha. No cabía otra que tirar el centro. Yo esperaba sin marca en el área chica. No había más que empujarla para empatar. Y llegó el centro. Y la vi venir. Y vi el arco solo. Y se me cruzó la imagen de mi padre parado en el asiento esperando el desenlace, y al gordo Abel cruzando los dedos y a Marconi darse vuelta para no ver nada.
Todavía no se si fue la revancha de esa mata de pasto que había arrancado alguna vez o el mandato del espejo. La tiré por arriba del travesaño y volví a ser yo.  
 
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