Inútiles han sido hasta hoy las medidas que he venido adoptando para evitarlos y no ceso de planificar nuevos cursos de acción, nuevas estratagemas y decursos que en más de una ocasión me quitan el sueño.
Primero fue salir a caminar en las madrugadas por barrios y lugares desconocidos con la esperanza de no hallarlos, pero fue inútil. Todo iba bien hasta que en el final de una angosta calle, de una desierta avenida, aparecían ellos. Algunos grandes y bien cuidados, más pequeños y descuidados los otros, pero allí estaban envueltos en el silencio, incólumes y ciertos como una existencia deslizada entre una brisa y una luna opaca.
Entonces regresaba desesperanzado con otra derrota a cuestas, a pensar que habría otros caminos, otros rumbos que me permitiesen esquivarlos y no dejarlos entrometerse en mis pasos.
Días más tarde, pensé que la solución estaba al alcance de la mano y puse manos a la obra. Bastaba con observar una guía de las calles de la ciudad y situar los lugares a los cuales debía dirigirme, para trazarme itinerarios que los dejaran de lado, aunque para ello tuviese que recurrir a dos o más medios de transporte a fin de lograrlo. Para cada lugar al que debía dirigirme trazaba un recorrido específico, sin importarme que la distancia existente entre mi origen y mi destino resultase infinitamente menor a la recorrida para alcanzarlo.
Así, un desplazamiento que demandaba no más de diez minutos, podía centuplicarse con tal de no hallarlos. ¿Acaso no resultaba lógico y hasta relativamente épico multiplicar el tiempo terreno con el objeto de evitar una prisión eterna?
Recuerdo una ocasión en que debía dirigirme desde Flores hasta Barracas. Planifiqué el viaje de una manera que creí perfecta, después de seis horas de un minucioso estudio de los medios de transporte que vinculaban a los dos barrios sin que ellos aparecieran durante el recorrido. Y allí fui.
Todo ocurrió normalmente hasta abordar el cuarto ómnibus. Comencé a sobresaltarme cuando observé que una cuadra más allá un agente de policía desviaba el tránsito hacia la derecha. La manifestación que venía en sentido contrario por la avenida era considerable, por lo que estimé que el desvío del trayecto insumiría no menos de diez cuadras respecto del recorrido original.
De tanto estudiar guías y planos urbanos, ya poseía cierta memoria geográfica. Por eso, al llegar a la quinta calle del impensado trayecto, recordé que dos cuadras después se hallaba uno de ellos y descendí del ómnibus. Mi plan había fracasado aunque no por culpa mía y este hecho no hizo más que confirmar que ellos se podían aprovechar de cualquier circunstancia fortuita para aparecer, desarmando toda mi estrategia.
Tres días después, tuve que ir desde Chacarita hasta Bolívar y Alsina. El día anterior, planificando el desplazamiento, me puse a pensar en que lo ocurrido en el viaje entre Flores y Barracas había dejado al descubierto una variable que no había previsto y que había alterado por completo mi curso de acción.
La cita era a las tres de la tarde y a las ocho de la mañana me encontraba pensando en cómo suprimir la incidencia de las movilizaciones en la ciudad en mi desplazamiento. Encendí el televisor y sintonicé un canal de noticias, con el objeto de conocer de antemano si habría alguna manifestación que afectara el itinerario que me había trazado para llegar hasta Bolívar y Alsina. No conforme con ello, compré todos los diarios del día para tener mayores certezas sobre el tema. Después de cinco horas de leer la totalidad de las noticias nacionales, supe que ese día no habría movilizaciones en ningún punto de la ciudad.
El problema fue al regresar. El plan que había trazado contemplaba en la última etapa tomar el subterráneo B hasta Chacarita. Al llegar a la estación Medrano, por los altavoces del andén una voz meliflua ofrecía las disculpas a los pasajeros porque ese tren ¡justo ese tren! terminaría su recorrido en la estación Dorrego y luego iría a depósito por desperfectos en su sistema de frenado. No debía llegar hasta Dorrego, allí se hallaba uno de ellos. Inclusive, estaba señalado en el diagrama de las estaciones del recorrido que se encuentra fijado en los vagones, cosa que me pareció un hiriente recordatorio, secundado casualmente por una risa gutural que desplegaba el ocupante del asiento situado a mi frente, vaya a saber por qué cosas de la conversación que mantenía con un tipo que comía mandarinas y tiraba las cáscaras dentro de un bolso azul.
Siempre me pregunté a partir de cuándo comenzó este malvivir. No sabría decirlo. Sé que una tarde de Mayo, hace ya ocho años, sentado en un banco de uno de ellos (ni siquiera me atrevo a nombrarlo porque pienso que de ese modo le resto entidad), mi mente ingresó en un torbellino que mezclaba palabras incomprensibles, culpas, una playa, mi calle de toda la vida, Dios, el número veinticuatro, el café de Corrientes y Yatay y unos versos de Baldomero Fernández Moreno que decían: “Es hermoso, de noche,/ver huir calle abajo los tranvías/con un polvo de estrellas en las ruedas/y en la punta del trole una estrellita”. Y lloré. Lloré como nunca lo había hecho antes. Fueron su esencia de sol y su fuente rota las que me hicieron prisionero de sus límites, las que arrojaron sobre mí todo lo permanente. En ese instante comprendí que todo aquello sería eterno; que la persecución sería feroz e implacable porque siempre habría un sol, una fuente rota, una palabra incomprensible, una culpa, una playa, una calle de toda la vida, un Dios, un número veinticuatro, un café en Corrientes y Yatay y unos versos de Baldomero. Ellos se encargarían de que así fuera en cuanto los viese.
Después del incidente en el subterráneo, mi vida giró en torno a mis desplazamientos y sus planificaciones, cada vez más meticulosas para tratar de salvar cualquier imprevisto que pudiera torcerlas. Llegó un momento en que diagramar un viaje desde Caballito a Pompeya me insumió más de dos días; otro, desde Villa Ortúzar a Mataderos, cuatro. Ya mi tiempo comenzaba a complicarse con el de los demás, en tanto los desplazamientos de una semana podían extenderse a meses. Para todos, no era más que una cuestión especulativa: la gente programaba su tiempo para multiplicar la cantidad de incidencias diarias -una causa si se quiere trivial y ordinaria-, mientras yo, como dije,
multiplicaba el tiempo terreno en aras de la causa.
Para esa época, mi propio resguardo me llevó a extender los cuidados a un límite casi demencial. Indagué en las compañías de seguros acerca de las líneas de transporte que menos inconvenientes tenían, me adscribí al Boletín Oficial para estar al tanto de leyes y decretos que pudiesen devenir en manifestaciones en contra por su puesta en vigencia, pretendí entrometerme en los partes mecánicos de los talleres del subterráneo, llamé por teléfono a la Municipalidad para conocer en qué calles trabajarían en el mes, estudié el santoral para saber qué conmemoración daría lugar a concentraciones de fieles, pregunté a la policía cuáles eran las zonas de la ciudad con mayor peligrosidad, averigüé en las compañías de electricidad, de gas y de teléfonos acerca del estado del tendido de las redes y qué zonas se afectarían a reparaciones, seguí de cerca cada fecha de los torneos de fútbol en todas sus categorías para saber en qué estadio se jugarían y qué calles se encontrarían valladas, y otro tanto de cuestiones por el estilo que concluyeron en cientos de archivos y carpetas que ocupan todo mi escritorio.
Hace cinco meses que no salgo de mi casa y no abro las ventanas. Están allí. Cada vez más cerca. De nada me sirve ya planificar ningún movimiento. Apenas tuve la inútil esperanza un año atrás, cuando el galpón abandonado de enfrente fue demolido, al pensar que el terreno sería loteado para construir una torre, un garage, una escuela, un teatro.
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