reparte toda la soledad del sábado en ese único galpón ferroviario cerrado
que sueña desde siempre
con formar parte de algún convoy de carga y huir.
Incontables años de gastadas ansias
que, cuando se le antoja,
las recrea por la noche como una vidala
destinada fatalmente a perderse en la arboleda
sin que nadie la atesore o la deseche.
En algunos atardeceres de otoño
son las mismas vías que hastiadas de herrumbre
pretenden torcer su destino de esperas
e ir en su búsqueda y así
acometer juntos la gran aventura.

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