Soy como mi barrio me hizo:
bruñido de farol y desparejo de adoquín.
Y llevo siempre adonde voy
la sombra inmutable
de la esquina de Pavón y alguna tarde
que desempolvo cuando el crepúsculo
no deja lugar a ensoñaciones.
Soy como mi barrio me hizo:
habitante nocturno de un espacio cierto.
Y guardo en un cajón opaco
un boleto de tranvía que a veces
miro y miro sin terminar de convencerme
de que, al igual que otras cosas,
ya no sirva para nada.
Mi barrio me hizo así
desde el primer momento
en que pude intuir que sus calles
mostraban algo más que un paredón
o una puerta entornada.
Mi barrio me hizo así
desde que su cielo pesado
vino a cubrir el almacén quieto
y la vereda indócil a mi suela.
Por eso tengo de Oruro
el regocijo de la intimidad
que da su estrechez.
Y de Maza la infancia única
como certeza incorruptible
que se lleva hasta el final.
bruñido de farol y desparejo de adoquín.
Y llevo siempre adonde voy
la sombra inmutable
de la esquina de Pavón y alguna tarde
que desempolvo cuando el crepúsculo
no deja lugar a ensoñaciones.
Soy como mi barrio me hizo:
habitante nocturno de un espacio cierto.
Y guardo en un cajón opaco
un boleto de tranvía que a veces
miro y miro sin terminar de convencerme
de que, al igual que otras cosas,
ya no sirva para nada.
Mi barrio me hizo así
desde el primer momento
en que pude intuir que sus calles
mostraban algo más que un paredón
o una puerta entornada.
Mi barrio me hizo así
desde que su cielo pesado
vino a cubrir el almacén quieto
y la vereda indócil a mi suela.
Por eso tengo de Oruro
el regocijo de la intimidad
que da su estrechez.
Y de Maza la infancia única
como certeza incorruptible
que se lleva hasta el final.

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