anticipa lo que viene
y recrea lo que fue.
Ningún vecino lo sabe,
pero yo sí.
Estelares mensajes se posan
en sus brazos de madera pintada
y un polvo lunar y transparente
desanda su camino hasta los rieles.
Un viento de silencio todo lo cubre
y cabe preguntarse qué acierto o desacierto
y cabe preguntarse qué acierto o desacierto
oculta esa ventana gastada
que pierde su esencia y su sentido
sin un rostro que se muestre.
Hay una tristeza de cortinas metálicas
que pretende arrinconarme
y un sentido tan exacto de distancia
como el que genera un adiós.
Todos los vecinos lo saben
y yo también.
Pienso entonces
en la eterna rutina de las estrellas:
mirar y mirar las vías
esperando algo que les permita una frase,
un comentario nuevo.
Nada ocurre ni se presume:
ser prisionera de su eterna rutina
de alzarse y descender en el tiempo
es la esencia de cualquier barrera.
Sin embargo, a mi vista,
nada está inmóvil, nada está
condenado a la quietud infinita.
Descifrador de mensajes ocultos,
me dejo vestir de polvo lunar
y anhelos viejos
para poder captarlos.
Y allí están
reflejándose en sus brazos elevados
hacia un cielo ausente y desentendido.
Me hablan de mí, de unos ojos,
de mi abuelo, de mi padre, de mis ansias
de ser yo mismo, en ese instante, el Universo
en este rincón de Pompeya.
Revelado, lo que fui, soy y seré
encandila como una tarde de Enero
y me obliga a aspirar
el aire fresco de la noche.
La barrera de la calle Cachi
todo lo conoce cuando brilla la luna.
Ningún vecino lo sabe. Yo sí.

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